Esta sección te muestra, con ejemplos reales, qué entiende la herramienta por F1, Acotación y F2.
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Ejemplos
—Vosotros seréis mi khalasar
—les dijo—.
Veo los rostros de esclavos.
«
Tenemos que irnos
—pensó—,
ha llegado la hora
.»
—¿Que cabalguemos?
—Más allá del fuego reinaba la oscuridad, y la noche era gélida—.
¿Hacia dónde vamos?
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—En su delirio, la mano repitió muchas veces el nombre de Robert —dijo Pycelle con el ceño fruncido—, pero no sabría deciros si llamaba a su hijo o al rey. Lady Lysa no consintió que el niño entrara en la habitación por temor a que se contagiara. El rey iba a visitarlo y se pasaba horas sentado junto al lecho, le hablaba y bromeaba sobre cosas del pasado para tratar de levantarle el ánimo. El cariño que le profesaba era evidente.
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—Un día vino a pedirme cierto libro —dijo el gran maestre abriendo las manos en gesto de dolor e impotencia—; estaba tan sano y robusto como siempre, aunque me pareció muy preocupado. A la mañana siguiente se retorcía de dolor y estaba demasiado débil para levantarse de la cama. El maestre Colemon pensó que era un corte de digestión. Había hecho mucho calor, y la mano acostumbraba a tomar vino muy frío, cosa que puede provocar problemas de estómago. Pero lord Jon siguió debilitándose, así que yo mismo fui a verlo. Por desgracia, los dioses no me dieron poder para salvarlo.
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—Si queréis que os diga la verdad, la mano no parecía él mismo en los últimos tiempos —dijo Pycelle—. Durante varios años estuvimos sentados juntos en el Consejo; debí darme cuenta antes, pero lo atribuí a la carga que llevaba tanto tiempo soportando. Sobre aquellos anchos hombros recaían todas las responsabilidades del reino. Y eso no era lo único. Su hijo siempre había sido enfermizo, y su esposa estaba tan preocupada que no permitía que se apartara de su vista. Habría bastado para agotar hasta a un hombre fuerte, y además, lord Jon no era joven. No era de extrañar, pues, que pareciera melancólico y cansado. O eso creía yo entonces. Ya no estoy tan seguro.
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—Así es. —Ned bebió un trago de leche fría por pura educación. Su frescor resultaba agradable, pero estaba demasiado dulce para su gusto.
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—Leche muy fría para la mano del rey y para mí, niña, por favor. Que esté bien dulce. —La muchachita fue a buscar las bebidas; el gran maestre entrelazó los dedos y se apoyó las manos en la barriga—. El pueblo dice que el último año de verano es siempre el más caluroso. No es así, pero a veces lo parece, ¿verdad? En días como este me dais envidia los norteños, con vuestras nevadas de verano. —La pesada cadena enjoyada que el anciano llevaba al cuello tintineó cuando se movió en el asiento—. Cierto que el verano del rey Maekar fue más caluroso que este, y casi igual de largo. Algunos idiotas, incluso en la Ciudadela, pensaron que ya había llegado el Gran Verano, el verano sin fin, pero al séptimo año se acabó de repente; tuvimos un otoño corto y luego un invierno espantosamente largo.
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—Os lo agradezco mucho —dijo Ned al tiempo que se sentaba.
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—La muerte de lord Arryn nos entristeció mucho a todos, mi señor —dijo el gran maestre Pycelle—. Por supuesto, os diré cuanto queráis saber acerca de su agonía. Tomad asiento, por favor. ¿Queréis algún refrigerio? ¿Unos dátiles? También tengo unos caquis muy buenos. Ya no puedo tomar vino; por desgracia no lo digiero bien, pero puedo ofreceros leche muy fría endulzada con miel. Es muy refrescante con este calor.
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—Tonterías —replicó Lannister—. Con el caballo correcto y la silla adecuada, hasta un tullido puede cabalgar.
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—El niño ha perdido el uso de las piernas, mi señor —se adelantó el maestre Luwin—. No puede montar a caballo.
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—Tengo un regalo para ti —dijo el enano a Bran—. ¿Te gustaría cabalgar, chico?
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—Mi hermano no ha venido a responder a tus preguntas, Lannister —dijo Robb, cortante—. Dile lo que tengas que decirle y sigue tu camino.
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—Qué extraño —dijo Tyrion Lannister.
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—No recuerda nada de la caída, ni de lo que estaba haciendo antes —intervino con amabilidad el maestre Luwin.
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—Yo no me caigo nunca —insistió el niño. Nunca, nunca, nunca se caía.
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—Me han dicho que eras un trepador excelente, Bran —dijo por último—. Cuéntame, ¿cómo es que te caíste aquel día?
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—Dices que tienes algo de que hablar con Bran —dijo Robb mientras le ponía una mano en el hombro a Bran—. Bien, Lannister, aquí lo tienes.
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—Hodor —dijo Hodor. Se adelantó sonriente y depositó a Bran en el trono elevado de los Stark, donde se habían sentado los señores de Invernalia desde los tiempos en que eran los Reyes en el Norte. El asiento era de piedra fría, pulida por incontables traseros. En los extremos de los gigantescos brazos había tallas de cabezas de huargos con las fauces abiertas. Bran se agarró a ellas cuando se sentó, con las piernas inútiles colgando. La enormidad del trono lo hacía sentirse casi como un bebé.
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—Y los Lannister haríais bien en recordarlo —dijo Robb al tiempo que bajaba la espada—. Trae aquí a mi hermano, Hodor.
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—Así que es cierto, el chico sigue vivo. —El enano se había girado para mirarlo—. Me parecía increíble. Los Stark sois duros de pelar.
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—Jon. —A Bran se le cortó la respiración en los brazos de Hodor.
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