Esta sección te muestra, con ejemplos reales, qué entiende la herramienta por F1, Acotación y F2.
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Ejemplos
—Vosotros seréis mi khalasar
—les dijo—.
Veo los rostros de esclavos.
«
Tenemos que irnos
—pensó—,
ha llegado la hora
.»
—¿Que cabalguemos?
—Más allá del fuego reinaba la oscuridad, y la noche era gélida—.
¿Hacia dónde vamos?
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—Syrio dice que un danzarín del agua puede mantenerse durante horas sobre un dedo del pie —contestó ella moviendo las manos para mantener el equilibrio.
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«Sí —pensó Ned mientras la puerta se cerraba—. Pero ¿a quién?».
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—Los dioses son piadosos. —Pycelle inclinó la cabeza—. Acudid a mí siempre que me necesitéis, lord Eddard. Estoy aquí para prestar mis servicios.
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—Eso dicen las verduleras —asintió el gran maestre Pycelle—. Pero nosotros sabemos que no siempre es así. Cuando el pájaro del maestre Luwin nos trajo la noticia acerca de vuestro hijo Bran, el mensaje alegró todos los corazones nobles del castillo, ¿no es cierto?
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—Alas negras, palabras negras —murmuró Ned. Era un proverbio que la Vieja Tata le había enseñado de niño.
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—No, no —respondió Pycelle—. Estaba de viaje hacia Roca Casterly, con su padre y los niños. Lord Tywin había venido a la ciudad con su séquito, para el torneo del día del nombre del príncipe Joffrey, sin duda con la esperanza de que su hijo Jaime ganara la corona del campeón. Se debió de llevar una gran decepción. Sobre mí recayó la tarea de enviarle a la reina la noticia de la repentina muerte de lord Arryn. Jamás había sentido tanta tristeza al soltar un cuervo.
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—Habéis sido muy amable —dijo Ned—. Una última cuestión —añadió, como si se le acabara de ocurrir—. Habéis mencionado que el rey estaba junto al lecho de muerte de lord Arryn. ¿Lo acompañaba la reina?
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—Como deseéis. —El anciano abrió la puerta—. Lo tengo aquí, por alguna parte. En cuanto lo encuentre haré que os lo envíen a vuestros aposentos.
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—No creo que os interese lo más mínimo —dijo Pycelle—. Es un volumen muy tedioso sobre los linajes de las grandes casas, escrito por el gran maestre Malleon.
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—Hay un detalle —respondió Ned—. Siento curiosidad por examinar el libro que le prestasteis a Jon el día anterior a que cayera enfermo.
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—Espero haber contribuido a tranquilizaros —dijo el gran maestre Pycelle mientras se levantaba trabajosamente y lo acompañaba a la puerta—. Si puedo serviros en cualquier otra cosa, solo tenéis que decirlo.
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—Seguiré vuestro consejo, maestre. —A Ned no le hacía la menor falta que se lo dijeran. Varys tenía algo que le ponía la carne de gallina—. Y os agradezco la ayuda. Ya os he robado bastante tiempo. —Se levantó.
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—Eso se dice. —Pycelle, meditabundo, se acarició la barba—. De mujeres, de cobardes… y de eunucos. —Carraspeó y escupió hacia los arbustos. Sobre ellos, en la pajarera, un cuervo graznaba sin cesar—. Lord Varys nació esclavo en Lys, ¿lo sabíais? No confiéis en las arañas, mi señor.
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—Es una idea inquietante. No estamos en las Ciudades Libres, donde esas cosas pasan todos los días. Según el gran maestre Aethelmure, allí cada hombre puede ser un asesino, pero incluso así desprecian al envenenador. —Se quedó en silencio un instante, pensativo—. Lo que indicáis es posible, mi señor, pero no me parece probable. Un maestre conoce los venenos más comunes, y los síntomas de lord Arryn no correspondían a ninguno de ellos. ¿Y qué clase de monstruo en forma de hombre osaría asesinar a tan noble señor?
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—Al veneno —apuntó Ned con voz tranquila.
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—Así fue —asintió Pycelle con seriedad—. ¿A qué otra cosa pudo deberse, mi buen señor?
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—Ahora lo recuerdo, la viuda es hermana de vuestra noble esposa —dijo el gran maestre con un gesto de asentimiento—. Perdonad la ruda franqueza de este anciano, pero el dolor puede extraviar hasta a las mentes más fuertes y disciplinadas, y la de lady Lysa nunca lo fue. Desde que dio a luz un bebé ya muerto ha visto enemigos por todas partes, y el fallecimiento de su señor esposo la ha destrozado.
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—Hace casi cuarenta años que soy gran maestre de los Siete Reinos —replicó Pycelle—. Durante el reinado de Robert, y antes del suyo, el de Aerys Targaryen, y antes del suyo, el de su padre, Jaehaerys II, y antes del suyo, durante unos meses, serví al padre de Jaehaerys, Aegon V el Afortunado. He visto más enfermedades de las que quiero recordar, mi señor. Y os puedo decir algo: todos los casos son diferentes, y todos los casos se parecen. La muerte de lord Jon no fue más extraña que tantas otras.
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—¿Habíais visto otros casos de la enfermedad que se lo llevó? —preguntó Ned—. ¿En otros pacientes?
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—¿Antinatural? —La voz del anciano maestre era un susurro apenas audible—. No, la verdad es que no. Fue triste, sin duda. Pero, en cierto modo, no hay nada tan natural como la muerte, lord Eddard. Jon Arryn descansa en paz ya, por fin se ha librado de su carga.
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