Esta sección te muestra, con ejemplos reales, qué entiende la herramienta por F1, Acotación y F2.
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Ejemplos
—Vosotros seréis mi khalasar
—les dijo—.
Veo los rostros de esclavos.
«
Tenemos que irnos
—pensó—,
ha llegado la hora
.»
—¿Que cabalguemos?
—Más allá del fuego reinaba la oscuridad, y la noche era gélida—.
¿Hacia dónde vamos?
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—Igual tú puedes escribir un relato de nuestra expedición, Sam. —Su intención era darle ánimos, pero se equivocó. Lo que menos necesitaba Sam era que le recordaran aquello a lo que tendrían que enfrentarse al día siguiente. Sam movió los rollos de aquí para allá.
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—Sí, sí. —Sam hizo un gesto con la mano de dedos gordos como salchichas para señalar el revoltijo de libros y rollos que tenía delante—. Al menos una docena. —Desenrolló uno de los pergaminos—. El dibujo está un poco desvaído, pero aún se ven los puntos en los que el cartógrafo señaló las aldeas de los salvajes, y hay otro libro... ¿dónde lo he puesto? Lo estaba leyendo hace nada. —Apartó a un lado unos cuantos rollos para dejar al descubierto un volumen polvoriento, encuadernado en cuero podrido—. Esto —dijo con tono reverente— es el relato de un viaje desde la Torre Sombría hasta Punta Lorn, en la Costa Helada. Lo escribió un explorador llamado Redwyn. No está fechado, pero dice que el Rey en el Norte era Dorren Stark, así que debe de ser de antes de la Conquista.
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—En la biblioteca de Invernalia hay más de cien. —Jon miró a su alrededor—. ¿Has encontrado los mapas?
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—Eres un encanto de idiota, Sam —dijo Jon—. Te aseguro que, cuando estemos durmiendo sobre el suelo frío y duro, vas a echar de menos esa cama.
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—¿De verdad? —Sam pareció sobresaltado.
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—¿Sam? —llamó Jon con voz queda.
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—Un chico con más valor que sentido común —observó el que había dicho llamarse Jaqen H'ghar.
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—Acércate más —dijo Rorge—, ¡te voy a meter ese palo por el culo hasta el cuello!
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—Uno está a punto de llorar —dijo el hombre poniendo boca abajo su pichel.
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—Uno se avergüenza de los que lo acompañan, Arry —siguió el atractivo—. Uno tiene el honor de ser Jaqen H'ghar, otrora de la Ciudad Libre de Lorath. Y desearía estar allí. Los descorteses compañeros de cautiverio de uno son Rorge... —Hizo un gesto con el pichel en dirección al hombre sin nariz—. Y Mordedor. —Mordedor siseó de nuevo en dirección a ella, mostrando los dientes amarillentos y limados en punta—. Todo el mundo debe tener un nombre, ¿no? Mordedor no habla y Mordedor no escribe, pero tiene los dientes muy afilados, así que uno lo llama Mordedor, y él sonríe. ¿Estás fascinado?
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—Chichones —dijo el que no tenía nariz—. Chichones Carasucia Espadapalo. Ten cuidado, Lorath, que te pega con el palo.
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—En las celdas negras uno no puede elegir a sus compañeros —dijo el atractivo, el del pelo blanco y rojo. Su manera de hablar tenía algo que le recordaba a Syrio; era semejante y muy diferente al mismo tiempo—. Estos dos carecen de todo sentido de la cortesía. Uno tiene que pedir disculpas. Te llamas Arry, ¿verdad?
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—No hagas eso —barboteó.
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—¿Dónde están? —dijo el que no tenía nariz. Era recio y rechoncho, con manos enormes. Un espeso vello negro le cubría los brazos, las piernas y el pecho, incluso la espalda. A Arya le recordó un dibujo que había visto en un libro, la imagen de un simio de las Islas del Verano. Con aquella oquedad en la cara costaba trabajo mirarlo mucho rato seguido.
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—Ya tengo amigos —replicó Arya.
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—A uno le gustaría otro trago de cerveza. A uno le entra sed, de tanto llevar estos grilletes tan pesados. —Era el más joven de los tres, esbelto, de rasgos delicados, siempre sonriente. Tenía el cabello rojo por un lado y blanco por el otro, lleno de la suciedad de la jaula y del viaje—. A uno le iría bien un baño, también —siguió al ver que Arya lo miraba—. Y el chico se ganaría un amigo.
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—Chico —lo llamó desde dentro una voz amistosa—. Chico guapo.
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—No comen bebés —murmuró Arya indignada entre dientes al salir. Le dio una patada a una piedra, que rodó hasta detenerse debajo de los carromatos.
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—Afuera, chico... y no vuelvas hasta que no aprendas a tener la boca cerrada mientras hablan los hombres. —La empujó sin miramientos hacia la puerta lateral que daba a los establos—. Largo. Ve a ver si el mozo de cuadras ha dado de beber a los caballos.
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—No le hagas caso —dijo Yoren, agarrándola por el brazo antes de que se le ocurriera qué responder—, al chico le ha sentado mal la cerveza, está mareado.
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