Esta sección te muestra, con ejemplos reales, qué entiende la herramienta por F1, Acotación y F2.
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Ejemplos
—Vosotros seréis mi khalasar
—les dijo—.
Veo los rostros de esclavos.
«
Tenemos que irnos
—pensó—,
ha llegado la hora
.»
—¿Que cabalguemos?
—Más allá del fuego reinaba la oscuridad, y la noche era gélida—.
¿Hacia dónde vamos?
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—Alteza —rugió Lord Umber, el Gran Jon, como siempre el más vociferante de los vasallos norteños de Robb... y también el más fiel y sincero, como él mismo aseguraba. Había sido el primero en proclamar Rey en el Norte a su hijo, y no toleraba que se hiciera el menor desaire al honor de su novísimo soberano.
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—¡Arrodíllate ante el Rey, Lannister! —gritó Theon Greyjoy.
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—Alteza, aquí está el hombre que habéis ordenado traer —anunció Ser Robin Ryger, capitán de la guardia de la Casa Tully.
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«No es fácil llevar una corona —pensó Catelyn mientras lo contemplaba—. Y menos para un niño de quince años.»
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—Huelen a verano —dijo Jon mientras Ser Endrew acosaba a su rival y lo derribaba por tierra—. ¿De dónde los ha sacado Conwy?
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—¿Qué te parecen, Nieve? —Donal Noye estaba en la puerta de su armería, con el pecho desnudo bajo el delantal de cuero y el muñón del brazo izquierdo por una vez descubierto. Con una barriga inmensa y un torso de barril, no era una visión atractiva, pero sí más que bienvenida. El armero había demostrado ser un buen amigo.
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—Haced lo que queráis —dijo a Sapo—. Yo respetaré mi juramento.
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—El cometa es tan brillante que ya se ve hasta de día —dijo Sam, que se había puesto unos libros sobre los ojos a modo de visera.
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«Y será pronto», pensó Jon mientras ascendían. Había visto el mensajero que recibió el maestre Aemon con la noticia del fin del verano, el gran cuervo procedente de la Ciudadela, blanco y silencioso como Fantasma. Él había vivido un invierno cuando era muy pequeño, pero según decía todo el mundo, había sido muy corto y benigno. El que se avecinaba iba a ser diferente. Lo notaba en los huesos.
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—Tú mismo podrías hacerte cargo de los cuervos... —Las múltiples papadas de Sam temblaban—. O Grenn, o cualquiera —añadió con un matiz agudo de desesperación en la voz—. Yo te enseñaría. Y conoces las letras; también podrías escribir los mensajes de Lord Mormont.
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«Los dioses gastan bromas crueles», pensó Jon. Pyp y Sapo, que se morían por tomar parte en la gran expedición, iban a tener que quedarse en el Castillo Negro. En cambio, Samwell Tarly, el cobarde según su propia definición, exageradamente gordo, apocado, casi tan mal jinete como espadachín, tenía que enfrentarse al Bosque Encantado. El Viejo Oso pensaba llevar consigo dos jaulas de cuervos para poder enviar noticias a medida que avanzaban. El maestre Aemon estaba ciego y demasiado débil para cabalgar con ellos, así que su mayordomo debía ir en su lugar.
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—En el castillo de mi padre tampoco estaba a salvo. —Samwell Tarly se obligó a esbozar una sonrisa triste.
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—Te lo digo yo —farfulló el muchacho gordo. Era mayor que Jon, según la ley un hombre adulto, pero costaba no verlo como un chico—. He encontrado dibujos de rostros en los árboles, y un libro acerca del idioma de los hijos del bosque... son obras que no tienen ni en la Ciudadela, pergaminos de la antigua Valyria, reseñas de las estaciones escritas por maestres que murieron hace un millar de años...
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—Si tú lo dices... —Jon no estaba tan seguro. El concepto de tesoro implicaba oro, plata y joyas; no polvo, arañas y cuero podrido.
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—Comían comida —dijo Jon—. Y vivían como nosotros.
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—A mí. —Con todo cuidado, Sam volvió a poner en el cubo el pergamino que Jon había cogido—. De este tipo de documentos contables se puede aprender mucho, en serio: cuántos hombres había entonces en la Guardia de la Noche, cómo vivían, qué comían...
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—¿A quién le importa cuánto bacalao en escabeche se comía hace seiscientos años? —preguntó Jon.
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—Un inventario —señaló Sam—. O tal vez una factura de compra.
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—Ten cuidado. —Sam rodeó la mesa y le cogió el pergamino de la mano, con tanto cuidado como si se tratara de un animal herido—. Antes, los libros importantes se copiaban cada vez que hacía falta. Seguro que los más antiguos se han copiado medio centenar de veces.
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—Mormont necesita esos mapas un poco antes. —Jon sacó un pergamino de un cubo y sopló para quitarle la mayor parte del polvo. Al desenrollarlo, una esquina se le quebró entre los dedos—. Mira, éste se está deshaciendo —dijo, con el ceño fruncido para descifrar las letras descoloridas.
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