Esta sección te muestra, con ejemplos reales, qué entiende la herramienta por F1, Acotación y F2.
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Ejemplos
—Vosotros seréis mi khalasar
—les dijo—.
Veo los rostros de esclavos.
«
Tenemos que irnos
—pensó—,
ha llegado la hora
.»
—¿Que cabalguemos?
—Más allá del fuego reinaba la oscuridad, y la noche era gélida—.
¿Hacia dónde vamos?
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—Vaya, así que tiene nombre, ¿eh? —Su padre suspiró—. Ay, Arya. Tienes algo de salvaje, hija. Mi padre lo llamaba «la sangre del lobo». Lyanna tenía un poco de eso, y mi hermano Brandon, mucho. A los dos los llevó a morir jóvenes. —La niña captó la tristeza en su voz; no acostumbraba hablar de su padre, ni de sus hermanos, que habían muerto mucho antes de que ella naciera—. Lyanna habría llevado una espada si mi padre lo hubiera permitido. A veces me la recuerdas. Hasta te pareces a ella.
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—Aguja no se rompe —dijo Arya desafiante, aunque el temblor en la voz traicionaba sus palabras.
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—¡Yo no quiero ser una dama! —rugió Arya.
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—Basta ya —le espetó su padre con tono duro y cortante—. La septa no hace más que cumplir con su obligación, y bien saben los dioses que se lo pones difícil a la pobre mujer. Tu madre y yo la hemos cargado con la misión imposible de hacer de ti una dama.
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—No estaba jugando —replicó Arya—. Y odio a la septa Mordane.
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—Una espada como las de los jaques —dijo—. Pero me parece reconocer la marca del forjador. Es obra de Mikken. —Arya no era capaz de mentirle. Bajó los ojos. Lord Eddard Stark suspiró—. Mi hija de nueve años consigue armas de mi herrería y yo ni me entero. Se supone que la mano del rey tiene que gobernar los Siete Reinos, y ni siquiera puedo controlar mi casa. ¿Cómo es que tienes una espada, Arya? ¿Cómo la has conseguido? —Ella se mordió el labio y no dijo nada. Nunca traicionaría a Jon, ni siquiera ante su padre—. Bueno, tampoco importa —añadió él tras una pausa. Contempló la espada que tenía entre las manos—. No es juguete para un niño, y menos todavía para una chiquilla. ¿Qué diría la septa Mordane si supiera que juegas con espadas?
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—Mía. —Casi se había olvidado de que tenía a Aguja en la mano.
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—¿Puedo pasar? —Arya asintió y bajó la vista, avergonzada. Su padre cerró la puerta—. ¿De quién es esa espada?
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—Arya —oyó la voz de su padre—. Ábreme. Tenemos que hablar.
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—¡Y a mí qué! —gritó a su vez Arya—. ¡Vete!
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—¡Se lo voy a decir a lord Eddard! —rugió la septa Mordane.
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—¡Será mejor que no entres! —advirtió al tiempo que hendía el aire con ademán fiero.
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—¡No! —gritó ella.
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—Arya, nena, ¿qué te pasa? —preguntó Tom el Gordo mientras llamaba a la puerta—. ¿Estás ahí?
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—Eh, pequeñaja, alto ahí —empezó.
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—No, no te disculpamos —replicó la septa—. Si casi no has tocado la comida. Siéntate ahí y limpia el plato.
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—No tengo hambre. —A Arya le costó gran trabajo hablar con educación—. ¿Me disculpáis, por favor? —recitó, rígida.
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—¿Adónde crees que vas, jovencita? —preguntó la septa Mordane.
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—Era mi amigo —le susurró Arya al plato, en voz tan baja que nadie la oyó. Ni siquiera había tocado las costillas, ya frías y con una película de grasa solidificada que las pegaba al plato. La niña las miró y sintió náuseas. Se apartó de la mesa.
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—Debes conocer a los hombres que te siguen —le oyó decir a Robb una vez—, y ellos deben conocerte. No les pidas a tus hombres que mueran por un desconocido.
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