Esta sección te muestra, con ejemplos reales, qué entiende la herramienta por F1, Acotación y F2.
Pulsa los botones para ver qué parte se considera cada cosa.
Ejemplos
—Vosotros seréis mi khalasar
—les dijo—.
Veo los rostros de esclavos.
«
Tenemos que irnos
—pensó—,
ha llegado la hora
.»
—¿Que cabalguemos?
—Más allá del fuego reinaba la oscuridad, y la noche era gélida—.
¿Hacia dónde vamos?
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—No era una amenaza —replicó Tyrion—, sino una promesa.
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—¿Sabéis volar, mi señor de Lannister? —preguntó Lysa—. ¿Acaso los enanos tienen alas? Si no es así, lo más sensato será que os traguéis la próxima amenaza que se os ocurra.
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—Lady Arryn, si me sucede algo malo, mi hermano Jaime estará encantado de encargarse de ese tema. —No había terminado de pronunciar aquellas palabras cuando se dio cuenta de que estaba cometiendo una locura.
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—Gnomo —dijo Lysa con tono gélido—, vigilad qué decís con esa lengua burlona, y cuando os dirijáis a mi hijo hacedlo con cortesía, u os aseguro que os daré motivos para lamentarlo. Recordad dónde estáis. Esto es el Nido de Águilas; los que os rodean son caballeros del Valle, hombres de verdad que querían a Jon Arryn. Todos y cada uno de ellos morirían por mí.
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—Pues qué ocupado he estado últimamente —dijo con amargo sarcasmo—. ¿De dónde habré sacado tiempo para matar a tanta gente?
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—Vaya, ¿a él también lo maté yo? —bromeó Tyrion como un idiota.
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—Es Tyrion el Gnomo, de la casa Lannister, el que mató a tu padre. —La mujer alzó la voz para que la oyeran en todos los rincones de la Sala Alta del Nido de Águilas, para que las palabras resonaran contra las paredes blancas y las esbeltas columnas, para que todos los presentes la escucharan—. ¡Él mató a la mano del rey!
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—¡Qué pequeño es! —dijo con una risita el señor del Nido de Águilas.
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—Sí —respondió lady Lysa, sentada a su lado en un trono menor. Iba vestida de azul, perfumada y empolvada en honor a los pretendientes que invadían la corte.
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—¿Es el hombre malo? —había preguntado, aferrado a su muñeco.
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«Los dioses me amparen, el azul me llama», había escrito algún ocupante previo en la pared, con algo que se parecía demasiado a la sangre. Al principio, Tyrion había sentido curiosidad por la identidad y el destino del prisionero. Más adelante decidió que prefería no saber nada.
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—Volarás —le había asegurado Mord al empujarlo hacia el interior de la celda—. Dentro de veinte días, o de treinta, o a lo mejor de cincuenta. Pero volarás.
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—Jodido cabrón, hijo de una mula con viruelas —escupió Tyrion, que no pudo contener la rabia—. Ojalá te mueras comido por la sífilis. —Al salir, Mord le asestó una buena patada en las costillas con la bota de puntera de acero—. Lo pagarás —gimió, doblado sobre sí mismo en el lecho de paja—. ¡Te mataré con mis manos, lo juro!
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—Bien pensado, no tengo tanta hambre —declaró mientras se retiraba al rincón de la celda.
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—Aquí las tienes, enano. —Mantuvo el plato en alto, con el brazo extendido, más allá del borde donde terminaba la celda y empezaba el cielo abierto—. ¿No tienes hambre? Toma, ven a cogerlas.
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—¿Tenemos que jugar a la misma tontería en cada comida? —El enano se puso en pie trabajosamente; le dolían todas las articulaciones. Hizo otro intento por alcanzar las alubias. Mord retrocedió y le mostró los dientes podridos en una sonrisa.
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—Aquí lo tienes —dijo, manteniéndolo fuera del alcance de Tyrion.
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—Son alubias —dijo Mord—. Toma.
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—Una pierna de cordero, muchas gracias —replicó desde el montón de paja sucia que había en un rincón de su celda—. Y un plato de guisantes y cebollitas, si puede ser; pan recién hecho, con mantequilla, y una jarra de vino tibio para bajarlo todo. Si no hay, cerveza, me da igual. No quiero ser demasiado exigente.
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—¿Quieres comer? —le preguntó Mord con el ceño fruncido. Llevaba en las manos gruesas, de dedos cortos, un plato de alubias cocidas.
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