Esta sección te muestra, con ejemplos reales, qué entiende la herramienta por F1, Acotación y F2.
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Ejemplos
—Vosotros seréis mi khalasar
—les dijo—.
Veo los rostros de esclavos.
«
Tenemos que irnos
—pensó—,
ha llegado la hora
.»
—¿Que cabalguemos?
—Más allá del fuego reinaba la oscuridad, y la noche era gélida—.
¿Hacia dónde vamos?
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—Y cuando acabemos con los Lannister —siguió al tiempo que rascaba a Viento Gris detrás de la oreja—, volveremos al norte, os sacaremos a rastras de vuestro castillo y os colgaremos por romper vuestro juramento.
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—Mi señor padre jamás habría enviado a otros hombres a morir mientras él se quedaba como un cobarde, protegido tras los muros de Invernalia —había replicado, todo Robb el Señor.
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—No quiero ir —dijo—. Tengo que ir.
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—Por favor, que Robb no se vaya —rezó en voz baja. Agitó las aguas frías con la mano, de manera que las ondas concéntricas se dispersaron por el estanque—. Que se quede. O si se tiene que ir, que vuelva sano y salvo, con mi madre, con mi padre y con las chicas. Y haced… haced que Rickon lo entienda.
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—Hodor. —Hodor se alejó a zancadas entre los árboles y desapareció. Al otro lado del bosque de dioses, bajo las ventanas de la casa de invitados, un manantial subterráneo de aguas termales alimentaba tres pequeños estanques. El vapor ascendía de ellos día y noche, y el muro más cercano estaba cubierto de musgo. Hodor detestaba el agua fría, y si lo amenazaban con el jabón se defendía como un gato salvaje, pero en cambio le encantaba meterse en el estanque más caliente y quedarse allí horas, lanzando de cuando en cuando sonoros eructos que imitaban el sonido de las burbujas que ascendían de las profundidades verdosas y se rompían al llegar a la superficie.
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—Quiero estar a solas un rato —le dijo—. Ve a bañarte. Ve a los estanques.
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—Al bosque de dioses —recordó a Hodor.
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«Que se burlen», pensó Bran. Nadie se burlaba de él cuando estaba en su habitación, pero se negaba a pasarse la vida en la cama.
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—Te mirarán —le había advertido el maestre Luwin la primera vez que ataron la cesta de mimbre al pecho de Hodor—. Te mirarán, harán comentarios, y algunos incluso se burlarán.
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—No molestaré a Robb. Quiero visitar el bosque de dioses. —Puso una mano en el hombro de Hodor—. Hodor.
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—Bran, tu hermano no va a tener tiempo para recibirte ahora —dijo el maestre Luwin mientras se guardaba el tubo en la manga—. Tiene que recibir a lord Karstark y a sus hijos, para darles la bienvenida.
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—Hodor —dijo Hodor.
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—Lo sé. —Bran se sentía tan deprimido como denotaba su voz. Le tendió el tubo de bronce al maestre, y se dio cuenta de que el pelo de Luwin empezaba a ralear en la coronilla. Se le veía el cuero cabelludo rosado. Le parecía extraño mirarlo así, desde arriba, cuando se había pasado la vida alzando la vista para mirarlo, pero cuando uno iba sentado en los hombros de Hodor lo veía todo abajo—. Ya no quiero mirar más. Hodor, llévame al castillo.
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—Tienen que partir pronto, o ya no valdrá la pena —replicó el maestre Luwin—. Las Inviernas está llena hasta los topes, y si este ejército se queda mucho más acabará con todas las provisiones. Hay otros que se les unirán a lo largo del camino Real: caballeros libres, lacustres, lord Manderly y lord Flint. Han comenzado los enfrentamientos en las tierras de los ríos; a tu hermano le quedan muchas leguas por delante.
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—Lord Karstark es el último —dijo Bran, pensativo—. Robb cenará con él esta noche.
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—Trescientos o cuatrocientos… —El maestre Luwin suspiró—. Entre tres mil lanceros que no son caballeros.
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—De todos modos —insistió Bran—, ¿cuántos caballeros?
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—Bastante pocos —respondió el maestre con cierta impaciencia—. Para ser caballero hay que velar en un septo, y ser ungido con los siete aceites, que consagran el juramento. En el norte, muy pocas de las grandes casas adoran a los Siete. Las demás son fieles a los antiguos dioses, y no nombran caballeros… pero esos señores y sus hijos son espadas juramentadas, y no por ello menos valientes, leales y honorables. El valor de un hombre no se mide por un título que alguien ponga delante de su nombre. Te lo he dicho muchas veces.
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—¿Cuántos van ya? —preguntó Bran al maestre Luwin después de que lord Karstark y sus hijos cruzaran a caballo las puertas de la muralla exterior.
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—No seas chiquillo ahora, Bran —replicó Robb—. Sabes que no puede ser. Hace tan solo dos días, uno de los hombres de lord Bolton apuñaló a uno de los de lord Cerwyn en el Leño Humeante. Si permitiera que te pusieras en peligro, nuestra señora madre me despellejaría. —Lo dijo con la voz de Robb el Señor. Bran sabía que aquello significaba que no había discusión posible.
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