Esta sección te muestra, con ejemplos reales, qué entiende la herramienta por F1, Acotación y F2.
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Ejemplos
—Vosotros seréis mi khalasar
—les dijo—.
Veo los rostros de esclavos.
«
Tenemos que irnos
—pensó—,
ha llegado la hora
.»
—¿Que cabalguemos?
—Más allá del fuego reinaba la oscuridad, y la noche era gélida—.
¿Hacia dónde vamos?
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—Ojalá pudiera cortarles el cuello a todos yo misma. —La Reina tenía el rostro tenso y furioso, y empezaba a tener la voz pastosa—. Cuando éramos pequeños, Jaime y yo nos parecíamos tanto que ni nuestro señor padre podía distinguirnos. A veces, para gastar una broma, nos cambiábamos las ropas y pasábamos un día entero en el papel del otro. Y pese a todo, cuando a Jaime le dieron su primera espada, para mí no hubo nada. Recuerdo que pregunté qué me iban a dar a mí. Éramos tan parecidos que no comprendía por qué nos trataban de manera tan diferente. Jaime aprendió a pelear con la espada, la lanza y la maza, mientras que a mí me enseñaban a sonreír, a cantar y a complacer.
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—A vuestras órdenes. —Hizo una reverencia y se marchó.
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—Ordenadles que vuelvan a sus casas —replicó la Reina—. Si no se van, que los ballesteros maten a unos cuantos. Nada de incursiones. No quiero que se abran las puertas bajo ningún concepto.
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—Los primeros traidores de la noche —dijo la Reina—. Por desgracia no serán los últimos. Que Ser Ilyn se encargue de ellos; luego, clavad las cabezas en picas junto a los establos, para que sirvan de advertencia. —Cuando se alejaron, se volvió hacia Sansa—. Ésta es otra lección que tienes que aprender si esperas sentarte algún día al lado de mi hijo. En noches como ésta, si eres buena, las traiciones brotarán a tu alrededor como setas después de la lluvia. La única manera de conservar la lealtad de tu pueblo es hacer que te teman más de lo que temen al enemigo.
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—Alteza —dijo en voz baja—, los muchachos han cogido a un mozo de cuadras y a dos criadas que intentaban escapar por una poterna con tres caballos del Rey.
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—Más vale que siga siendo un chico vivo. —Cersei se volvió hacia el otro Kettleblack, Osfryd, que era más alto y adusto, y lucía largos bigotes negros—. Hablad.
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—Por lo que más quieras, Sansa, no chilles como un ratón. Recuerda que ahora ya eres una mujer. Y además, la prometida de mi primogénito. —La Reina bebió un sorbo de vino—. Si fuera otro el que se encontrara ante nuestras puertas, podría tratar de seducirlo. Pero es Stannis Baratheon. Me resultaría más fácil seducir a su caballo. —Vio la expresión dibujada en el rostro de Sansa, y se echó a reír—. ¿Os escandalizo, mi señora? —Se acercó más a ella—. No seas idiota. Las lágrimas no son la única arma de la mujer. Tienes otra entre las piernas, y más vale que aprendas a usarla. Ya verás cómo los hombres utilizan a menudo sus espadas. Los dos tipos de espadas.
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—Su ascendencia las protege —reconoció Cersei—, aunque no tanto como crees. Por cada una de ellas se pagaría un buen rescate, pero después de la locura de una batalla no es extraño que los soldados tengan más hambre de carne que de monedas. Aun así, un escudo de oro es mejor que nada. En las calles, a las mujeres no se las va a tratar tan bien. Y tampoco a nuestras criadas. Las bonitas, como esa sirvienta de Lady Tanda, van a pasar una noche muy animada, pero no creas que las viejas, las enfermas y las feas estarán a salvo. Con un poco de vino por delante, una lavandera ciega y una porqueriza hedionda parecerán tan atractivas como tú, querida.
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—Pero si son mujeres, desarmadas y de noble cuna. —Sansa estaba horrorizada.
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—Es lo que te gustaría, ¿eh? —Cersei no esperó a que lo negara—. Si no me traicionan mis guardias, podría resistir aquí durante algún tiempo. Luego podría subir a las murallas y ofrecer mi rendición a Lord Stannis en persona. Eso nos salvaría de lo peor. Pero si el Torreón de Maegor cayera antes de la llegada de Stannis... sospecho que muchas de mis invitadas probarían las delicias de una violación. Y en los tiempos que corren, tampoco se puede descartar la posibilidad de mutilaciones, torturas y asesinatos.
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—Una reina tiene ciertas obligaciones. Tú también las tendrás si llegas a casarte con Joffrey. Más te vale aprender. —La Reina escudriñó los rostros de las esposas, hijas y madres sentadas en los bancos—. Por sí solas, estas gallinas no son nada, pero sus gallos son importantes por un motivo u otro, y puede que algunos sobrevivan a esta batalla. Así que me corresponde a mí proteger a sus hembras. Si mi condenado hermano deforme consigue la victoria, no me imagino cómo, volverán junto a sus esposos y sus padres, y les hablarán de lo valerosa que fui, de cómo mi valentía las inspiró y les dio ánimos, y les dirán que en ningún momento dudé de la victoria.
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—En cierta ocasión, Jaime me dijo que sólo se siente vivo de verdad en la batalla y en la cama. —Cogió la copa y bebió un trago generoso. No había probado la ensalada—. Yo preferiría enfrentarme a todas las espadas del mundo a estar aquí como estoy, sentada, impotente, y además teniendo que fingir que disfruto de la compañía de esta bandada de gallinas asustadas.
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—Pero los hombres tienen que ser valientes —dijo Sansa—. Salen a caballo y se enfrentan a hachas y espadas, todo el mundo intenta matarlos...
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—Lágrimas —dijo despectivamente a Sansa mientras se llevaban a la joven—. Mi madre decía que eran el arma de la mujer. En cambio, el arma del hombre es la espada. Con eso ya está todo dicho, ¿no?
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—No me oiréis gritar el nombre de Joffrey —les dijo—. Tampoco me oiréis gritar que combato por Roca Casterly. La ciudad que Stannis quiere saquear es la vuestra; vuestra es la puerta que está intentando derribar. De modo que venid conmigo, ¡vamos a matar a ese hijo de puta!
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—Dicen que yo sólo soy medio hombre —dijo—. Entonces, ¿vosotros qué sois?
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—¡Formación! —gritó.
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—Yo. —Tyrion leyó la incredulidad en sus rostros—. Ser Mandon, vos llevaréis el estandarte del rey. Pod, mi yelmo.
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«Esto es una locura —pensó—, pero prefiero la locura a la derrota. Porque la derrota lleva también a la muerte.»
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—A la mierda con la Mano del Rey. —Las partes del rostro del Perro que no estaban pegajosas de sangre se veían blancas como la leche—. Traedme algo de beber. —Un oficial de los capas doradas le tendió una taza. Clegane bebió un trago, lo escupió y la tiró—. ¿Agua? A la mierda con el agua. Traedme vino.
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