Esta sección te muestra, con ejemplos reales, qué entiende la herramienta por F1, Acotación y F2.
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Ejemplos
—Vosotros seréis mi khalasar
—les dijo—.
Veo los rostros de esclavos.
«
Tenemos que irnos
—pensó—,
ha llegado la hora
.»
—¿Que cabalguemos?
—Más allá del fuego reinaba la oscuridad, y la noche era gélida—.
¿Hacia dónde vamos?
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—No —decía sin parar—. No. No. No.
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—¡Eh, tú! —le gritó a Arya una voz furiosa.
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—Mi madre me pide que le permita a lord Eddard vestir el negro, y lady Sansa me ha suplicado piedad para su padre. —Miró a Sansa y sonrió, y durante un momento, Arya pensó que los dioses la habían escuchado. Pero Joffrey se volvió hacia la multitud y siguió hablando—. Son mujeres, y sus corazones son blandos. Mientras yo sea vuestro rey, la traición no quedará sin castigo. ¡Ser Ilyn, traedme su cabeza!
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—Tal como pecamos, hemos de pagar —entonó el septón supremo con voz profunda, mucho más alta que la de Ned Stark, mientras se arrodillaba ante Joffrey y su madre—. Este hombre ha confesado sus crímenes aquí, en este lugar sagrado, ante los ojos de los dioses y los hombres. —Alzó las manos en gesto suplicante, y un halo de colores pareció rodearle la cabeza—. Los dioses son justos, pero Baelor el Santo nos enseñó que también son misericordiosos. ¿Qué se hará con este traidor, alteza?
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«Por favor, dioses —rezó—. Protegedlo; que no le hagan daño a mi padre».
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—Traicioné la fe de mi rey y la confianza de mi amigo Robert —gritó su padre, alzando más la voz para hacerse oír—. Juré defender y proteger a sus hijos, pero su sangre estaba todavía caliente cuando conspiré para deponer y asesinar a su hijo, y apoderarme del trono. Que el septón supremo, Baelor el Bienamado y los Siete sean testigos de que lo que digo es verdad: Joffrey Baratheon es el heredero legítimo del Trono de Hierro, señor y Protector de los Siete Reinos, por la gracia de todos los dioses.
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—No —sollozó Arya. Bajo ella, la multitud empezó a gritar insultos y obscenidades. Sansa se ocultó el rostro entre las manos.
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—Soy Eddard Stark, señor de Invernalia y mano del rey —dijo su padre, empezando de nuevo en voz más alta, de manera que sus palabras se oyeron en toda la plaza—. He venido para confesar mi traición ante los dioses y los hombres.
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—Él jamás… —empezó Arya, intentando hacerse oír. Pero eran adultos, y ella, solo una chiquilla.
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—Eso espero, el muy traidor. —El hombre escupió al suelo.
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—¡Abrid paso! —gritó alguien desde la calle transversal—. ¡Abrid paso a mis señores de Redwyne!
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—¿A quién? —gritó sin parar de correr.
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—Los capas doradas lo llevan al septo. —El chico se había vuelto para mirarla, sin aminorar el paso.
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—Es una llamada —repitió el gordo.
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—Oye, deja de morderme o te voy a hacer sonar yo a ti las campanas —le dijo la mujer de la ventana al hombre que estaba detrás de ella, al tiempo que lo apartaba de un codazo—. Entonces, ¿quién se ha muerto?
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—Puta imbécil —replicó también a gritos el hombre gordo—. El rey no ha muerto; son campanas de llamada. Solo las de una torre. Cuando muere el rey, suenan todas las de la ciudad.
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—¿Se ha muerto el niño rey? —gritó una prostituta pelirroja, envuelta en finas sedas, asomándose a la calle por la ventana de un segundo piso—. Es lo que tienen los niños, no duran nada. —Se echó a reír, y un hombre desnudo la agarró desde atrás, le mordió el cuello y le sobó los grandes pechos blancos, que se veían por debajo de la escasa ropa.
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—Los dioses se apiaden de nosotros; otra vez las campanas —aulló una vieja.
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—¿Qué pasa ahora? —preguntó un hombre gordo, desde uno de los tenderetes de los calderos.
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—Largo de aquí —replicó el guardia.
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